La verdad sobre los chemtrails

 

 

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Seguro que alguna vez te has preguntado qué es esa estela blanca que a menudo dejan los aviones en el cielo. La verdad oficial habla de estelas de condensación, de vapor de agua y cristales de hielo. La realidad es más aterradora.

El término “chemtrail” (estela química) denota un fenómeno que, en realidad, esconde un programa de “rociado” con productos químicos. Amplias zonas del planeta están siendo fumigadas con estos productos ante nuestras narices. En ocasiones se hace a lo largo de los pasillos aéreos (que, no por casualidad, atraviesan regiones densamente pobladas), pero en otros casos se fumiga en retícula para no dejar un palmo de terreno sin cubrir.

Existen diversas teorías para explicar el por qué de esta fumigación. Por supuesto, puede que más de una sea correcta, y de hecho es muy probable que así lo sea. Algunas de las posibilidades, a cual más amenazadora, son:

Control climático. Los efectos de partículas en aerosol en capas altas de la atmósfera son bien conocidas. Algunos agentes dispersores a gran altitud podrían reflejar la luz del sol, disminuyendo la cantidad de luz que llega a la Tierra. Otros, por el contrario, son capaces de absorber dicha luz (como por ejemplo las partículas con carbono) y re-irradiarlas hacia la superficie en la forma de infrarrojos, que luego no puede volver a “rebotar” al exterior. Es decir, se puede aumentar o disminuir la temperatura de grandes zonas del planeta a voluntad. Esto tiene un indudable valor militar (como provocar un huracán frente a las costas del enemigo), pero también sirve para sustentar el mito del calentamiento global.

Comunicaciones. A comienzos de los años 60, Estados Unidos lanzó millones de pequeñas agujas de cobre y las puso en órbita. El objetivo era crear una “ionosfera artificial” para las ondas de radio, permitiendo así mejorar las comunicaciones con su flota de submarinos. El proyecto, llamado West Ford fracasó en parte por la dificultad de controlar las órbitas de esas agujas y por las posibilidades de contrainterceptación. En la actualidad se puede obtener el mismo resultado con minúsculas agujas de ferrita y composites, mucho más pequeñas y que pueden mantenerse en la atmósfera. Muchas de las “estela de condensación” que hay en el cielo son ferritas compuestas. Forman una red de comunicaciones inalámbricas de gran alcance, prácticamente imposible de “pinchar”.

Radar. Las ferritas compuestas son como una niebla muy tenue en el cielo, de forma que cuando pasa un objeto (sea un pájaro o un avión) su trayectoria deja un rastro fácil de seguir. Al fabricarse con materiales fuertemente ferromagnéticos, sus variaciones pueden captarse a grandes distancias. Tenemos por tanto un radar ferrítico. Tiene grandes ventajas sobre los radares tradicionales: no puede interferirse mediante los métodos tradicionales y no necesitan fuentes de energía. Es como si echásemos arena en el suelo, cualquiera que intente caminar por encima será localizado de inmediato por el sonido que hacen sus pies.

Guerra química/biológica. Ya sabéis que las grandes potencias almacenan gran cantidad de productos químicos y biosensibles para una futura guerra. El problema es dispersarlos de forma que lleguen a grandes áreas, porque no basta con tirar un barril de cloro y dejar que se abra. El proceso de convertir una bacteria o un virus en un arma se llama “armamentización” (weaponization), y no hay duda que dispersar un agente peligroso desde el aire en finas partículas es el método de armamentización más eficaz. Si lo hacen para dispersar pesticidas en los campos de cultivo, ¿cómo no van a poder hacerlo sobre nosotros?

Propagación de enfermedades. No es casualidad que en nuestros días las epidemias aparezcan una detrás de otra, cada vez con nombres más raros. Aparecen, se expanden, se crea la necesidad farmacéutica y luego desaparece. ¿Recordáis el brote de Ébola en 2014? Ya hubo varios antes, pero se pudo contener a tiempo. Es evidente que en esa ocasión entró en juego un agente dispersante más eficaz, uno que no pueda detenerse fácilmente por medio de la cuarentena. También lo intentaron con el virus Zika, y en esa ocasión utilizaron un mosquito. ¿Cuál de los dos brotes fue más mortífero, más eficaz, más extendido en el tiempo? Eso es: la fumigación de enfermedades es la forma más eficaz. Luego ya vendrán los remedios y las falsas vacunas.

Sequías. De la misma forma que se pueden usar cristales de yoduro de plata como núcleos de condensación para las gotas de lluvia, otras sustancias pueden inhibir esa condensación. El resultado es una nube que pasa de largo. Los agricultores del sudeste de España, sin ir más lejos, están desesperados. Yo mismo he visto recogidas de firmas en una gasolinera de la zona, pidiendo que el caso se investigue. Porque se ha denunciada una y otra vez, pero ¿con qué resultado? Los denunciantes son acusados de chiflados, de conspiranoicos, y el Seprona no hace nada. Mientras tanto las avionetas siguen volando (¡a plena luz del día!) y nadie hace nada. Y por supuesto, no creáis que esto es exclusivo de nuestro país. Echad un vistazo al mapa, buscad países cuyos regímenes no resultan conveniente para Occidente, y encontraréis países de rodillas y gente sedienta.

Superpoblación. La población mundial sigue aumentando, con todo lo que ello conlleva de presión sobre el entorno natural. No hay recursos para tantos. En Occidente las campañas de publicidad y los programas de esterilización y reducción de la natalidad (algunos de ellos no voluntarios, incluso ocultos) han estabilizado la población, pero faltan las zonas periféricas: Asia, África, Sudamérica. Nada más fácil como dispersar agentes anticonceptivos desde aviones, ya los oculten como vuelos de pasajeros o como fumigación de pesticidas. Es una fumigación, sí, pero de lo más insidioso: nada menos que la raza humana está en juego.

Alteraciones del ADN. Todos esos descubrimientos científicos de gente con bata blanca que juega a ser Dios están dando sus frutos, pero debe haber alguna forma de llevarlos a la población y hacer que se los traguen. Al igual que en el caso de la superpoblación, intentos anterios como usar mosquitos o “dopar” el agua potable son métodos parcialmente efectivos pero siempre limitados. El rociado desde aviones (chemtrails) es el método más efectivo.

Cualquiera que sea la causa, el método de trabajo es siempre el mismo. Se toma un avión comercial, se le equipa con sistemas para dispersión de aerosoles y listo. En ocasiones se hace en connivencia con las aerolíneas (demasiado dependientes de licencias y autorizaciones de vuelo), otras veces ni siquiera lo saben. Hay veces que el rociado se hace con aviones de carga especialmente diseñados para parecer vuelos de pasajeros. Personas como Josep Pámies (aquí) afirman que algunos de esos aviones, los más recientes, son en realidad “drones” de menor tamaño que vuelan más bajo para dar la impresión de ser un avión a gran altura.

En este punto es donde los pseudoescépticos nos hablan de condensación de vapor de agua, argumentan científicamente (o algo que ellos cren que lo es) y nos hacen la pregunta de siempre: si fuese realmente una conspiración ¿por qué lo hacen con estelas blancas tan visibles y evidentes? A lo que yo respondo: ¿y por qué no? La condensación del vapor es la tapadera perfecta, y la verdad es que si haces algo oculto lo mejor es hacerlo a plena luz del día. Es como si el asesino llamase a la policía para informar de una muerte, y luego se justificase ante el juez diciendo “pero señoría, si yo fuese el asesino ¿sería tan tonto como para llamar yo a la policía?” Claro que sí, eso es ser listo.

Aunque se están pasando de listos. Hay demasiadas evidencias a favor de la verdad de los chemtrails. Y no me refiero a chiflados con sombreritos de papel de aluminio, sino de evidencia científica seria. Químicos, geólogos, ingenieros de la NASA. Esto es algo muy serio, y ya está bien de silenciarlo. Merecemos la verdad.

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